Un sistema es lo que hace
El único criterio con el que medimos —y elevamos— cada institución.
El propósito de un sistema es lo que hace. Un teléfono que no comunica no es un teléfono; un computador que no computa es un pisapapeles.
Con esa sola vara evaluamos la coherencia entre tres planos: cómo una ley debería aplicarse, cómo se aplica, y lo que ocurre en la realidad. Donde hay brecha, la nombramos. Lo que no cumple su propósito se corrige o se reemplaza por algo que sí lo cumpla.
Es también una ley sobre nuestro propio trabajo: aquello que no hace lo que promete, no merece existir tal como está.
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